en Sexualidad

La sexualidad puede ser contemplada desde el deseo o desde el amor. Una visión nos lleva a la separación y otra a la unión. Y esto no implica que sea mejor o peor pero sí que sea más o menos placentera la experiencia.
La experiencia más placentera (amor) es por definición la integradora, la completa. La experiencia incompleta (deseo) es divisoria porque busca Mi placer, y por ese mismo hecho es menos placentera.

Al buscar la satisfacción del deseo surge implícitamente la posibilidad de la frustración a no sentir la satisfacción. Que puede venir por no alcanzar el orgasmo (o por no ser “suficiente” el orgasmo) en el caso mayoritario de la mujer o, en el caso más común del hombre, por la emoción que produce a su vez la frustración: la ira y/o el miedo. Por su parte, si un hombre siente miedo puede experimentar las consecuencias físicas de la impotencia. Y si siente ira el encuentro se envuelve en un halo de competición, pues se busca salir del estado iracundo a través de la recompensa de una victoria ilusoria sobre alguien o sobre algo (una referencia imaginaria a un ex, a otro encuentro, etc.).

Pero paradójicamente a veces la sensación más desagradable que se experimenta a través del deseo es la de que, en caso de ser satisfecho, es posible que además traiga consigo la sensación de culpa.

Aquí emerge una verdad meridiana y es que buscar felicidad a través de la rueda “Sensación de Deseo – Búsqueda de la Satisfacción del deseo” trae consigo una profunda frustración. En este bucle surge la adicción sexual. La adicción por tanto no es más que la necesidad (ilusoria) de la búsqueda de la continua satisfacción de la sensación del deseo.

Podemos entenderlo usando el ejemplo de Hawkins con la comida. Y es que, cuando comemos desde el deseo, la sensación de placer de un bocado aún no ha acabado cuando surge en nuestra mente un nuevo deseo que necesita ser satisfecho con otro bocado. Es como si estuviéramos tratando de llegar a un punto diferente todo el tiempo, abriéndose una brecha entre dónde estamos y donde queremos estar.

Cuando llegamos a donde queremos llegar (le llamamos orgasmo) surge de repente una sensación de satisfacción, y debajo de ella, si le prestamos atención (sé que en ese momento es muy difícil), existe una sensación de vacío, pues nuestro ego ya está forjando la siguiente sensación de carencia, que aflorará para ser satisfecha una vez más, volviendo a un bucle sin fin.

Incluso hay tendencias mentales que han sido influenciadas por los distintos organismos de control (en su mayoría financieros o religiosos) en los que se hace del sexo una experiencia mercantil o pecaminosa.

Por ejemplo en los anuncios de TV donde una chica sugerente posa al lado de un coche, estableciendo para la mente un vínculo del alcance de la satisfacción del deseo a través de un vehículo (o de una colonia, desodorante, etc).

En cuanto a las religiones, comúnmente contextualizan la sexualidad (entiendo que sin pretenderlo deliberadamente) en el deseo puesto que se imaginan a un Dios que castiga si se practica el sexo. Cuando este pensamiento queda instalado en la mente se produce un estado de negación de la condición humana (que por definición es sexual) o de miedo, pues el pensador queda sujeto a las posibles represalias de Dios por sus actos depravados. Y cualquier acto sexual que se predetermine por miedo por mera oposición no puede ser realizado desde el amor, luego se realiza desde el deseo, con las consiguientes implicaciones.
Aquí lanzo yo una duda abierta… ¿acaso no creó Dios todo? ¡También el sexo pues!

Sin embargo, cuando afrontamos la sexualidad desde el amor, la experiencia es integradora y completa. No se trata de llegar a ningún sitio porque el placer se encuentra a través de la entrega, a través del dar. No hay una espera y por tanto el placer ocurre en el mero acto del darse a la otra persona, luego sucede en el ahora.

Por tanto como en el acto de la entrega el placer está todo el rato sucediendo en el ahora no existe una pretensión de llegar a ningún punto diferente del de ahora (no se persigue una meta en forma de orgasmo).

Incluso se podría saber si se está practicando desde el deseo o desde el amor imaginándonos que sonase un teléfono en mitad del encuentro. Si el hecho de escuchar el sonido del timbre nos conecta con la rabia o la frustración estamos en el deseo (nos han cortado la posibilidad de llegar al otro sitio). Pero si el hecho de que suene el timbre simplemente nos trae la sensación de alerta sin una emoción de baja vibración es que estábamos haciendo el amor. Y es que, como hemos visto antes, cuando haces el amor no estás tratando de llegar a otro sitio diferente, luego no hay un proceso que se corta, aunque se interrumpa.

Cuando haces el amor también puede pasar que, sin buscarlo, te encuentres con una sensación similar (la llamamos de la misma manera) y te topes con un éxtasis corporal, solo que en este caso al no ser buscado no ha sido una meta. No ha sido planificado, dosificado, retenido o alargado, simplemente te has topado con él. O incluso se podría decir que el orgasmo es quien se ha topado contigo.

Cuando buscamos el orgasmo lo hacemos desde una necesidad mental inventada y autocreada, y por tanto ilusoria. Pensamos que controlamos el éxtasis y realmente lo que ha pasado es que hemos tenido una liberación de la contracción que habíamos localizado en los genitales.

Sin embargo, cuando el orgasmo te encuentra a ti en el acto del encuentro amoroso
es como si el orgasmo te contuviese a ti, y por tanto se trata energía expansiva que te engloba a ti en lugar de una energía que se puede contraer y localizar dentro de ti. Vamos, es como si toda la habitación estuviese teniendo el orgasmo, y todo tu Ser está dentro del orgasmo. Aquí por tanto la experiencia pasar de ser genital y localizada en el cuerpo a ser deslocalizada, integradora y energética.